Análisis del cuento “No oyes ladrar a los perros”

5 Mar

No oyes ladrar los perros”
Esta historia, incluida en el volumen de cuentos El llano en llamas, presenta a un padre llevando a su hijo herido al pueblo para curarlo. La misma puede dividirse en dos secciones. La primera cuenta el viaje de padre e hijo y acaba en el momento en que el padre avista el pueblo; la segunda parte es breve, de unas pocas líneas y en ella el padre oye ladrar los perros que le anuncian la presencia del pueblo, y reprocha al hijo su falta de ayuda, mientras que el mismo no responde por estar desfallecido o muerto.

El cuento se basa temáticamente en la narración del conflicto entre un padre y su hijo, tan común en la ficción de Rulfo. No es este, sin embargo, el único interés del relato, ya que el mismo pone en evidencia otros temas que se repiten en la obra del escritor mexicano y que permiten considerar a “No oyes ladrar los perros” como un posible punto de entrada para estudiar la totalidad de la producción escrita de Rulfo. Siendo así, es posible afirmar que los temas presentados por este cuento son, entre otros, los siguientes:

  • las relaciones familiares,
  • la visión subjetiva del espacio, que lleva a
  • la alienación y la fragmentación del cuerpo,
  • la inutilidad del lenguaje como medio de comunicación,
  • el tiempo y su ordenamiento cronológico

Relaciones familiares
La narración que nos ocupa se estructura en base a la relación entre Ignacio, el hijo, y su padre, cuyo nombre se ignora. Dicha relación se revela a través del diálogo que mantienen ambos cuando Ignacio, herido en el llano, es llevado a cuestas por su padre hacia el pueblo de Tonaya, durante la noche, para ser curado. El cuento de alguna manera plantea la aventura del héroe y, en este caso, los héroes son dos: el hijo, un héroe corrupto y descarriado, y el padre, un héroe salvador. Además de este aspecto casi mítico del tema del héroe destacado por la crítica, es posible observar en las relaciones paterno-filiales y en su deterioro las transformaciones que en el medio social del campo mexicano estaba trayendo consigo el cambio de modos productivos, de uno de carácter latifundista que sostenía relaciones sociales de tipo más bien cuasi-medieval, a una explotación capitalista y privada de la tierra. Como resultado de los cambios sociales y económicos operados en el agro mexicano a partir de la Revolución de 1910 y mís precisamente en las décadas de los años 30s a 50s del siglo pasado, la forma de vida tradicional del campesino estaba cambiando como así también sus relaciones familiares. Por ejemplo, en este cuento, el padre salva a su hijo, quien antes había matado a su padrino, hecho gravísimo bajo la óptica de una relación tradicional de compadrazgo.

A medida que transcurre la historia la relación entre padre e hijo cambia de tono emocional, cambio que se percibe a través del uso de “usted” y de “tu” que hace variar las distancias afectivas entre ambos. El padre trata de “usted” a Ignacio cuando le reprocha su actitud: “Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos” (Toda la obra 136. Las citas se toman de esta edición). El “tu” acerca emocionalmente al padre con el hijo: “-Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien” (135). La relación entre los cuerpos de estos dos personajes refleja su relación familiar. La misma mantiene le pesa al padre, físicamente así como emocionalmente, y se puede decir que mantiene a lo largo del relato una dirección vertical, uniendo un “allá arriba”, los hombros del padre donde se encuentra el hijo, con un “aquí abajo” en donde está anclada la voz y el punto de vista del progenitor: “-Tú que vas alláarriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte” (134). Este peso, esta carga, también tiene su parte positiva, en tanto los hombres, a pesar de sus conflictos, se unen para ayudarse. Es así como en el segundo párrafo del cuento aparece por primera vez la voz del autor que sintetiza la relación física entre ellos aunándolos como una sola figura: “La sombra larga y negra de los hombres siguió movióndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante” (134). La relación paterno-filial se ve signada, asimismo, por una ausencia dolorosa, la de la madre. Como en otros cuentos de Rulfo, por ejemplo “La herencia de Matilde Arcángel”, hay una referencia dolorosa a la madre, quien sólo aparece en el espacio de las palabras y de la memoria del padre. A pesar de no estar presente, la mujer en este relato es el motor de las acciones, ya que según sabemos por las palabras del padre, si no fuera por ella, el hijo estaría “tirado allí” (136) donde lo encontró el padre; es ella la que le da ánimos al viejo para que lo lleve a curarse: “Es ella la que me da ánimos, no usted” (136) afirma el padre. Dice más adelante: “Todo esto que hago no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre” (136).

A pesar del deseo del padre de que el hijo se cure física y moralmente, comprende que aunque Ignacio se cure, “volverá a sus malos pasos” (136), no habrácambiado su actitud para nada. Y quizás mejor entonces que la madre no esté presente; como afirma el padre: “Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas” (137).

Visión subjetiva del espacio
En el caso de los relatos de Rulfo, los cuentos narrados en primera persona parecen ser de enfoque interno, fijo, es decir restringidos a la perspectiva de un solo personaje que trasmite sus impresiones, mientras que las historias presentadas en tercera persona tendrían la ventaja de dejarnos saber “qué sucede” en realidad, a través de la voz narratorial. Sin embargo, esto no es tan obvio como parece. Aún en una narración en tercera persona es posible encontrar relatos de enfoque interno el cual puede tener una perspectiva fija o no (Peavler, “Perspectiva” 846). Este último es el caso de “No oyes ladrar los perros” donde, con algunas excepciones, la perspectiva de “quién ve” es la del padre y en donde aún las descripciones de autor refieren constantemente a este punto de vista. Tal perspectiva desde la mirada del padre se ve reforzada por el uso de los adverbios “acá”, cuando se refieren a él, y “allá” cuando se refieren al hijo: “El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo”(135). La relevancia del punto de vista del padre hace que sus impresiones sean las que guían al lector y, en este sentido, las percepciones del padre son casi exclusivamente el registro que nos permiten saber qué sucede.

Si este es el caso, el ámbito espacial donde se desarrolla el relato también se ve a partir de la perspectiva del padre. El espacio puede dividirse en dos campos: el corporal, el de la relación física entre padre e hijo, y el más amplio del llano que se contrapone al del pueblo. El primer espacio, ya mencionado, se define por la relación entre el “acá” del padre y el “allá” del hijo, y está estrechamente relacionado con los cuerpos. El segundo espacio se estructura en base al ámbito indiferenciado del llano contrapuesto al espacio comunitario del pueblo que, en este caso tiene un nombre, es Tonaya, un pueblo real de la región de los altos de Jalisco.

El espacio que caminan los hombres es un ámbito indefinido, muy parecido al de la peregrinación de “Talpa” o a la marcha al pueblo de “Nos han dado la tierra.” Es el espacio del llano, el de los caminos que puede servir tanto para hacer el bien como para hacer el mal. Así, el padre hace el bien y lleva a curar a su hijo al espacio comunitario de Tonaya, mientras que el hijo utiliza el llano para hacer el mal: “trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente…Y gente buena”(137). Es característico, en éste como en otros relatos de Rulfo, que se hable del paisaje como si el interlocutor/lector ya lo conociera. Se nombran detalles de manera casual, como sin querer llamar la atención sobre ellos. No hay una voz omnisciente que de una descripción total del paisaje. Sólo al seguir las sombras de los caminantes se van develando detalles del terreno: “La sombra larga de los hombres siguiómoviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo” (134). Más adelante se menciona un monte: Tonaya “estaba detrasito del monte”(134) aunque este monte no se describa nunca, ni se diga cuándo ha sido atravesado en la caminata.

Como espacio opuesto y externo al del llano, Tonaya condiciona la marcha de la pareja por el llano e impulsa, asimismo, la narración. El contraste entre ambos espacios, el del llano y el del pueblo, acentúa la desorientación de la pareja: “Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca” (135). En nuestro análisis es posible afirmar que Tonaya es la esperanza, el marco de referencia que si bien ordena el espacio en un ámbito comunitario, está en el relato fuertemente relacionado con la muerte. Cuando padre e hijo llegan al pueblo los sonidos y las luces se hacen presentes, pero también la muerte.

Alienación y fragmentación del cuerpo
Pareciera que a veces padre e hijo son una unidad, como una sola sombra. La pregunta por la cercanía del poblado, “Ya debemos estar llegando a ese pueblo Ignacio”(134), refleja el hecho de que los dos protagonistas se hagan casi uno solo, y de que las orejas del hijo suplan a las del padre, en ese cuerpo compuesto por partes de ambos: “Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros” (134). Si las relaciones corporales entre un acá abajo y un allá arriba como puntos de referencia que se mueven por el espacio del llano son por un lado vistas como una unidad por el autor, por otro lado ambos personajes también se describen como un conjunto fragmentado de partes corporales. De la descripción del hijo y del padre como una sola sombra tambaleante, comienzan a desprenderse partes: “los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja” (135). La cara del padre está descripta como un conjunto de partes que casi no se relacionan entre si: “El apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba…” (135). Además de estar presentados en partes, estos cuerpos se caracterizan como bestias u objetos más que como seres humanos: pies e ijares como si fuera un animal, pescuezo como si fuera un animal, cabeza como si fuera una sonaja. La animalización y la alienación de los cuerpos enfatiza el valor, o la falta del mismo, de la vida del campesino mexicano de la época ya que, más que seres humano, parece que fueran bestias de carga, y esto en sentido literal en el cuento que nos ocupa. Para peor, estas partes de los cuerpos, como los ojos y los oídos del hijo, a los que el padre hace referencia constantemente para que le muestren la cercanía de Tonaya, en ningún momento son útiles. Esta inutilidad de los sentidos hace que sea imposible ubicarse espacialmente en el llano, hasta que la evidencia de haber llegado al pueblo se ubica frente al padre.

Inutilidad del lenguaje
La inutilidad de los sentidos se extiende a la del lenguaje. El diálogo o su ausencia, el quedarse callado ante las preguntas del padre, muestran la inutilidad del lenguaje como medio de comunicación entre las personas, aún entre padre e hijo. Por ejemplo, a pesar de ser una unidad el hijo no oye al padre: “-Me oíste Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado” (135). La presencia heroica del padre, la ausencia de la madre, la rebeldía del hijo, conforma una relación edípica que, a nivel simbólico, tiene consecuencias en el lenguaje que los personajes utilizan para comunicarse. El mismo no cumple su cometido y, más que unirlos, los aísla en sus propios mundos internos donde los sentidos hasta parecen intercambiarse y las palabras no alcanzan a cumplir su cometido. Así, por ejemplo, el ver y el oír se sustituyen y ninguno alcanza a guiar a la pareja:

“No se ve nada.
-Ya debemos estar cerca.
-Sí, pero no se oye nada.
-Mira bien.
-No se ve nada.
-Pobre de ti, Ignacio.” (134)

Otras instancias que refuerzan el tema de la inutilidad del lenguaje se van presentando con más fuerza a medida que la pareja avanza y el padre acaba hablando solo. Se dice del hijo: “Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío” (135). Los diálogos no se establecen sobre los mismos temas, sino que las respuestas no corresponden a las preguntas ni a las demandas de cada uno de los personajes: ” – Tengo mucha sed y mucho sueño. -Me acuerdo cuando naciste” (137).

Las repeticiones también refuerzan esta idea de la inutilidad del hablar: “Primero le había dicho: Apéame aquí…Déjame aquí…Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o cuando me reponga un poco.’ Se lo había dicho como cincuenta veces” (135). Más adelante dice el hijo: “-Bájame, padre” a lo que responde el padre: “Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allá encontraré quiën te cuide” (136); y “Me derrengaré pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho” (136). El padre no hace caso, así como el hijo antes no hizo caso al padre y se volvió un bandido. En éste, como en otros relatos de Rulfo, no se da una comunicación real y fluida entre los personajes a través del lenguaje.

Tiempo
El ámbito temporal, las horas que han venido andando, está marcado por el recorrido de la luna en el cielo: “La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda” (134) más tarde se aclara que: “Allí estaba la luna. Enfrente de ellos”(135). Y luego: “La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro” (136). Finalmente: “Allá estaba ya el pueblo, vio brillar los tejados bajo la luz de la luna”(138). La luna abre y cierra la narración y hace que el texto cobre una estructura circular a la vez que, si bien el astro marca el paso del tiempo, también lo hace lento a partir de repeticiones del mismo tema. Sabemos que allá atrás, horas antes, cuando salía la luna, comenzó la marcha y que cuando ósta estó en el cielo, la pareja termina de andar.

En cuanto a la referencia histórica de este relato, se hace sumamente difícil, si no imposible, precisar el tiempo cuando transcurre la narración, a no ser por la presencia de bandas armadas que asolaban el llano, que tanto podían ser formadas de ex-revolucionarios, a partir de 1915 en adelante, como de bandoleros anteriores a la Revolución. Como dijimos antes, la relación padre e hijo puede orientarnos en este sentido, ya que plantea la desestabilización de una forma social que tenía a la familia como grupo bósico en favor de organizaciones sociales distintas, constituidas como consecuencia del advenimiento de la explotación capitalista de la agricultura, proceso que comenzó a partir de 1910.

Cuando finalmente llegan a Tonaya, el padre baja al hijo que, aunque no lo sabemos con certeza, suponemos que está muerto. Entonces, todos los perros ladran o, más bien, el padre los oye por primera vez. La voz del narrador se hace presente para anunciar la llegada al pueblo donde “por todas partes ladraban los perros” (138).

En suma, en esta narración se reconocen los temas de Rulfo que aparecen a lo largo de su producción. Entre ellos se encuentran las relaciones familiares, tanto paterno-filial como la ausencia de la madre, la visión subjetiva del espacio, la alienación y la fragmentación del cuerpo, y la inutilidad del lenguaje como medio de comunicación, así como un tratamiento peculiar del tiempo y de la cronología. A través de estos temas se hace patente el enfrentamiento de los espacios del llano, en donde se mata, y el del pueblo, en donde se cura, y la falta de integración de ambos la cual refleja la incompatibilidad de las formas de vida tradicionales que estaban cambiando ante el “progreso” del agro mexicano. Este enfrentamiento parece querer motivar al lector a buscar una solución a la situación trágica que se presenta en el relato, solución que busque integrar las formas sociales y familiares en procesos de cambio y, a partir de esa motivación, instar al lector comprometido a buscar un cambio de la situación real.

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